R. O. del Uruguay-Departamento de Rocha  

   

TORNASOL

 

 

 

 

El sábado en la tarde salió una pesca imprevista, unas horitas hasta el atardecer en una laguna del arroyo Tomás Cuadra un afluente del Yi. Queda a unos 20 minutos en auto de Durazno, es larga, como de 300 metros, y angosta, casi sin ninguna vegetación en sus costas, pero con tarariras medianitas. Allí vamos cuando el río Yí está crecido como ahora, a probar con señuelos y moscas, y hacemos catch and release religiosamente.

El destino quiso que en esta ocasión me acompañara mi hijo Agustín de 4 años y futuro pescador (no tiene opción alguna, debe ser pescador).

El día estaba ideal, baja presión ambiental y alta temperatura que a pesar de las nubes hacía que el sol me quemara la espalda aún por encima del chaleco. Parecía mentira que calentara tanto con el cielo tan oscuro.

Las horas pasaban y no prendía ninguna. Cambié de señuelo cientos de veces, mientras mi amigo Jorge que estaba a unos 50 metros de mí, llevaba dos capturas chicas y a cada rato me hacia sentir la diferencia.

Comencé a caminar, y con Agustín preguntando ¿porqué vos no pescas papá?, hago un tiro paralelo a la costa, rumbo a una parte donde se bifurca la laguna y enseguida siento que el Coquet es atrapado. La apuro para que Agustín la vea saltar, pero se empaca y rumbea hacia el medio. Agustín espera parado junto a mí, ya no hay viento y el agua es un espejo. De repente la línea se afloja, arremete rumbo a nosotros, comienza a subir, siento que va a saltar en cualquier momento, y estalla el agua a escasos dos metros de nosotros. Saca su cabeza hasta las agallas, y la imagen que me queda de ese instante son dientes blancos y grandes, ojos grandes y saltados. Agustín corre un par de metros hacia atrás. Comienza una lucha increíble, la tanza 0,20 suena  en los pasahilos, no me regala un centímetro de tranquilidad.

 

 

 

 

Miro a mi alrededor buscando un lugar donde levantarla y a unos 10 metros parece haber una entradita. Nos trasladamos hacia ese lugar los tres, Agustín, la tararira y yo. Los minutos pasan, tres saltos más y viene la calma, el cansancio la vence y la arrimo a la costa para sacarla del agua con mis manos.

La pesamos y la balanza marca 5 kilos 200 gramos.

La próxima la saca Agustín.
Buena Pesca.

 

 

 

Texto: Mauricio Alonso                                      E-Mail: Info

 
 

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