R. O. del Uruguay-Departamento de Rocha

 

Un Dorado de 15 Kg

 

         

          Esta historia debiera comenzar en Agosto del año pasado.

Era el último de los tres días que habíamos ido a pescar a Goya, provincia de Corrientes, como todos los fines de semana largos de Agosto, de los últimos casi 10 años.

         Ese día, me toco con Carlos Scheller –el guía- y José Luis…

Las jornadas anteriores no habían sido buenas, y cuando me subía al bote para iniciar la marcha, Scheller me dice: “Galli, hoy vamos a buscar el grande.”

        Salimos navegando hacia el sur por el Arroyo Goya.

No paramos en lo que siempre es el lugar para iniciar la primera serie de lanzamientos… tampoco en el segundo pesquero… sí en el tercero.

        Luego en algún otro.

 

 

 

Carlos Scheller, Juan Pablo Galli y José Luis Marques

 
       

        Pero la mano seguía dura y el pique no aparecía.

        Tampoco entró en el Arroyo Isoró, ni en el Guarapo… ni en el Alemancito.

       Seguíamos navegando por el Paraná, ya por lugares por los que nunca habíamos llegado a conocer. Y eran exactamente dos, esos lugares a los que siempre deseamos y nunca habíamos ido: a las costas de enfrente, en la provincia de Santa Fe y bien al sur.

        Ya estábamos ahí, cuando de repente el paisaje se volvió extraño.

        Habíamos llegado a un banco denominado “El Hincha Huevo” por los navegantes de barcos de gran calado, ya que de un año a otro cambia de posición y los barcos deben tomar sus precauciones.

        Pero lo llamativo del lugar, era la cantidad de restos de árboles secos y pelados, de los que solo emergían de la superficie algunas ramas, que generaban una corredera en el agua, creando el hábitat ideal para el Dorado.

          Las condiciones climáticas eran óptimas.

         Scheller ancló de manera tal que el bote quedaba en paralelo al lugar de pesca a unos 15 a 20 mts y 8 metros por delante. El lance debía ser de modo tal que la mosca cayera delante de las ramas emergentes, hundiéndose rápidamente en la corriente y “peinando” el palo por debajo de la superficie. Es riesgoso, ya que el enganche se juega al límite. Más cuando se da el pique, ya que el dorado puede enganchar la línea en alguna rama.

        Por suerte, después de algunos lances, surgieron un par de ataques fallidos, hasta que yo puede pinchar uno, y después José también tuvo el suyo.

        No estuvieron nada mal, en relación a los días previos, la cosa se ponía buena…

 

 

 

 

         Luego nos dirigimos a las costas sobre la provincia de Santa Fe, donde nos encontramos con las otras dos lanchas, con nuestros amigos y ambos guías.

        Tuvimos un almuerzo muy agradable, con algún que otro cuento y menciones a las grandes piezas logradas en años anteriores.

        El  cansancio del tercer día de pesca era evidente, sobre todo a la hora de encarar el turno de la tarde.

        Salimos navegando hacia el norte, zigzagueando entre algunas islas y grandes bancos. Parando y probando en varios lugares. No obtuvimos ningún pique.

        Finalmente anclamos cerca de unas ramas parecidas a las anteriores. Aunque estas estaban solas, no había restos de algún otro árbol por allí.

        La corriente iba de izquierda a derecha. La mosca había que colocarla delante de los palos, para que se hundiera mientras era llevada por la corriente y peinaba alguna que otra rama por debajo de la superficie.

        José estaba en la proa, cuando tuvo un pique más que espectacular. Violento y seco. Evidentemente que el bicho era grande.

        Eran cerca de las seis de la tarde. El sol estaba apoyado en el horizonte…

        Quedaba poco tiempo y José tenia uno en su caña, y grande.

        No tuve más remedio que levantar hasta que él dominara la situación.

       Cuando se pasó a la popa, ya que por la corrida y la corriente el dorado se había desplazado varios metros, fui yo a la proa e inicié nuevamente los lanzamientos.

       José tenía una bestia que ya había dado varias corridas y algunos saltos.

       De repente, luego de un lance excelente -de los que con Scheller denominamos “penal”- se me dio un pique con una corrida increíble. Este también era grande.

       Teníamos un doblete con dos bestias en simultáneo. Increíble. La profecía de Scheller se cumplió.

       Pero la cosa se puso jodida de verdad. Estábamos en el Paraná, es decir cancha grande, y con una corriente importante.

       El de mi amigo ya estaba más controlado a popa, mientras el mío iba bajando en la misma dirección en el fragor de su lucha.

       Pero repentinamente el de José se echó una corrida río arriba y ambas líneas se enredaron.

       ¡Que bajón! Para colmo Carlos decía que podía mellarse el nylon de uno con el acero del otro…

       No me pregunten cómo, pero este tipo cazó una línea con cada mano y luego de unos movimientos consiguió separarlas.

       Finalmente José arrimó su pez y lo levantó. Un dorado de 8 kgs.

       Alucinante.

 

 

 
         

         Más alucinante era que yo aún tenía algo similar en mi caña. Y dio     sus saltos para mostrarse…

         Cuando lo arrimé al bote y Scheller comenzó a asistirme, me dijo: “El nylon esta mellado…”

         Obviamente mi comentario no podía ser otro que: “La puta madre…”

         Miren lo que pasó en la arrimada... Se escapó. Se cortó el nylon…

 

 

Que locura. Por poco subía un bicho grande.

Me quería matar…

Obviamente agarré la caña y empecé a castear de nuevo.

Tuve un pique. Cayó la mosca en el agua y un dorado le saltó encima.

Pero no lo agarré…

 

         Me quería morir.

         Por suerte el siguiente ataque no se hizo esperar.

         Pique franco. Grande.

         Pero el hijo de puta saltó, y como cabeceando al ángulo en el área chica un centro de aquellos, se sacó la mosca de la boca.

 

        

          Yo no lo podía creer.

         Como dato anecdótico, en algún momento enganché mi mosca en la rama y violentamente arranqué para cortar la línea y seguir pescando sin joder el pesquero, utilizando la caña de José. Que obviamente después del de 8 Kgs. disfrutaba sacando las fotos de los dorados que se escapaban.

         Después tuve un tercer pique. Pero para que se los voy a mostrar.

         Así terminó el día, también ese fin de semana largo de Agosto del 2002.

 

        Pero lo anecdótico empieza ahora, que comienza la historia en Agosto del 2003.

        Y es la historia que me pidió un nuevo amigo que le contara.

        Una vez más estábamos en Goya y en Agosto.

        Primera jornada, sobre el muelle con los botes listos para abordar.

        Se hace sorteo de parejas –éramos 6- y me toca José.

        Se hace sorteo de guía y me toca Carlos Scheller.

        Igual que la última vez, el último día…

        Salimos por el Arroyo Goya, probamos a lo largo del trayecto ya tradicional hacia el sur.

        Algunas bocas, algunos troncos… nada.         

        Luego encara hacia el Paraná abierto, entre bancos…

        Solo se asomaba un palo. Pero no más de 15 cm. Como palo, ni pintoresco era.

 

 

          Comenzamos a castear.

          Ojo al dato. Llegamos con moscas atadas por nosotros.

          Y yo estaba probando una atada por José.

          Luego de unos cuantos tiros, tuve el pique de mi vida.

          El corazón casi me explota del susto. Fue tan duro y fuerte que parecía un tronco.

          Pero comenzó a moverse, muy por abajo.

          Las corridas eran cortas pero muy fuertes. El freno lo iba apretando cada vez un poco más.

          Era impresionante la fuerza que tenía que hacer para poder retenerlo.

          Llegó un momento en que me pareció imposible superar esa instancia.

          También pensé que en cualquier momento se rompía todo en mil pedazos.

          Scheller dijo: “Galli, tenés para media hora, si no tenemos que soltar el bote…”

          Y se echó con los brazos detrás de la cabeza a contemplarme los calambres de mi brazo y mano.

          Fueron 25 minutos para poder siquiera acercarlo a una distancia prudente para ver de qué se trataba.

 

 

          Cuando conseguí arrimarlo un poco al bote y nos vio… se puso un poco jodido con los saltos… y se lo veía muy grande.

 

 

          Pero no había modo de acercarlo. Mi caña es una Loomis GL3 #7.

          Y ya estaba al límite. Y la verdad eso de que se rompa todo no me atraía.

          Yo quería subir ese bicho.

          Scheller soltó el bote. Y a mi me renacieron las esperanzas de poder acercarlo, ya que la corriente no me jugaba en contra y por el contrario, íbamos sobre ella…

          Fueron como otros 20 minutos, con corridas hacia abajo muy fuertes, que uno no sabía que iba a pasar luego. Era muy groso y difícil creer que uno era más fuerte que él.

           Hasta que por fin Scheller se hizo del líder.

           De repente se asomó, con un salto lento y pesado, y su tamaño era bestial.

 

 

        La situación era similar a la del año pasado, y yo quería subirlo.

        Con una habilidad inmejorable, Carlos lo planchó al lado del bote, y con la otra mano lo alzó de la cola... ¡y adentro!

 

 

        El grito que pegamos con José y Carlos fue señal de la tensión acumulada y urgida de ser liberada.

        Ese dorado era enorme.

        Nunca habíamos pescado uno tan grande.

        Era enorme. Enorme de verdad.

 

 

        Y espero que lo siga siendo.

        Porque yo lo devolví.

 

Gracias Carlos Scheller

           

           

Texto : Juan Pablo Galli                                E-Mail: info@tarariraventura.com


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