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R. O. del Uruguay-Departamento de Rocha |
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El Rey de la laguna |
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En cualquiera de los viejos adoquines de las calles de Rocha, se podía cocinar un huevo frito con el tremendo calor que desprendían. Recién habíamos almorzado y costaba ponerse en movimiento pero no había más remedio, nos esperaban nuevamente en el norte del departamento. Esta vez íbamos a un lugar desconocido sobre las costas del arroyo Alférez, con el dato cierto de que era un lugar muy bello y con varias historias sobre enormes tarariras. Pocos metros luego de pasar por el antiguo casco de la estancia pudimos ver una gran laguna, con la costa de nuestro lado totalmente limpia y recorrida por piedras graníticas que se internaban en el cauce. Sobre la orilla opuesta se veía el típico monte natural que bordea la mayoría de los cursos de agua de nuestro país. Dejamos este lugar para internarnos hacia la derecha en el monte, y descubrir unos cientos de metros más adelante otra laguna increíblemente hermosa. Nos recibieron unos cuantos cachorros de Carpincho, que nos dejaron acercar lo suficiente como para poderles sacar una foto antes de precipitarse al agua.
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Este espejo estaba casi totalmente rodeado de monte y sus orillas tapizadas de camalotes, por lo que solo podíamos acceder a una pequeña zona para pescarlo a pie. Luego nos enteramos de que esta laguna se comunica con el cauce del arroyo solo en algunas épocas del año. Con mucho entusiasmo por lo prometedor del lugar nos aprontamos rápidamente. Solo llevamos equipos pensando en las grandes tarariras, Eduardo probaría en spinning mientras Gino y yo intentaríamos con mosca. El agua era transparente y oscura, de color té negro, dado por los ácidos orgánicos que desprenden los vegetales en descomposición. Por contraste con la fina arena de las orillas pudimos observar gran cantidad de pequeños bagrecitos, castañetas y piabas (mojarras). Cuando el agua superó nuestras rodillas fue increíble ver los cardúmenes de piabas de cola roja que nos rodeaban y picoteaban la ropa. Para completar la escena, un Martín Pescador que estaba parado en lo alto de un cardo, tenía el descaro de zambullirse a escaso medio metro mío y comerse los peces que nadaban a mí alrededor intrigados por el cadencioso movimiento del lance de mosca. Eduardo comenzó tirando señuelos de media agua, mientras los mosqueros intentábamos en superficie. Hubieron algunos violentos y extraños ataques, tanto en el señuelo como en las moscas pero no se concretaron. Seguía pasando el tiempo y desfilaban en el extremo de las líneas un sin fin de artificiales de los más variados colores y acciones.
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