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El País del
Cabeza Amarga
Aquel amanecer de sábado, el cielo se mostraba amenazante, brindando un panorama
totalmente diferente al que habíamos dejado en Montevideo apenas dos horas
antes.
Nos encontrábamos en
el cruce de las Rutas 12 y 108, a pocos kilómetros de nuestro destino, y
contrariados por las gotas que comenzaban a caer, aprovechábamos para efectuar
las últimas compras, llenar los termos con agua caliente, y estirar un poco las
piernas.
El comienzo de
nuestra salida no era muy alentador, motivo por el cual, todo lo que viviríamos
en las siguientes 36 horas, sería aún más disfrutable.
El Alto Santa Lucía
De la mano del
ímpetu organizador de Nelson Folch, planeamos con sólo dos días de anticipación
una salida de pesca en la que participamos Esteban Raineri, Carlos Bernarducci,
el propio Nelson y quien escribe.
Después de evaluar
varias opciones de destino (Palmar, Durazno, etc.) nos decidimos por ir a
acampar a orillas del río Santa Lucía, en una zona cercana a la desembocadura
del arroyo El Soldado (Depto de Lavalleja). De dicha zona teníamos muy buenas
referencias acerca de la abundante población de Cabeza Amargas y Tarariras, de
acuerdo a las experiencias anteriores de Nelson y Carlos, pero el resultado
superó todas nuestras expectativas no sólo por la pesca en sí, sino por la suma
de varios factores, tanto o más importantes que las capturas obtenidas.
Llegada a un lugar de ensueño
El acceso a nuestro destino nos despertaba la curiosidad que
siempre siente el pescador que descubre un ámbito de pesca. En este caso
particular, la curiosidad era aún mayor, debido a que el monte impide observar
el río hasta penetrar en él y acercarse a pocos metros de a orilla, donde recién
uno puede contemplar la magia de un lugar como debe haber pocos en nuestro país.
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Un agua
transparente, que discurre sobre un lecho de piedras y arena, formando lagunas,
recodos y rápidos, bordeada siempre por un espeso monte que incluye los típicos
árboles bajos, pero también especies tales como pinos, cipreses, eucaliptos,
etc.
Frente a esta postal, el condimento que hacía
irresistible el panorama a cualquier pescador con mosca, lo conformaban los
innumerables coletazos y borbollones que se veían y escuchaban en distintos
sectores del río, delatando a una abundante población de peces en actividad.
Comienza la pesca
Al tiempo que el cielo retiraba su amenaza de
lluvia, armamos nuestros equipos y comenzamos con nuestros intentos.

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Esteban, Nelson y Carlos decidieron recorrer unos 100 metros, y pescar un sector
anterior a un recodo, aguas arriba. Quien escribe optó por la zona inmediata al
campamento, tentado por la profundidad que sugería la existencia de alguna
Tararira. Comencé intentando con una línea de flote, lo que impedía que mis
moscas bajaran hasta la profundidad deseada.
Seguramente por esta razón, mis lances resultaron
infructuosos, y la única respuesta provino de pequeños Cabeza Amargas que
acechaban en las piedras de la orilla.
Al mismo
tiempo, comencé a escuchar los anuncios de mis compañeros, avisando de
diferentes capturas. En un principio decidí mantenerme en el lugar elegido en
primera instancia (“persista el loco en su locura y será un sabio”, dice
Fontanarrosa), pero llega un momento en que la curiosidad, combinada con las
ganas de pescar y la sana envidia, hacen cambiar los planes al pescador más
testarudo.
Recogí mi línea, y recorrí el trayecto hasta sumarme
a mis compañeros, quienes ya habían cobrado una variada interesante: un par de
grandes Pejerreyes, Dientudos, Cabeza Amargas y una Tararira. Los únicos que se
mostraban renuentes a los señuelos y moscas, eran los incontables sábalos que
mansamente remontaban el río frente a nuestras narices.
No obstante,
mi suerte siguió invariada, y debí conformarme con ver cómo pescaban mis
compañeros, disfrutando, eso sí, de un paisaje que no dejaba de sorprenderme.
Después de mi llegada, se pescaron algunos ejemplares más de Cabeza Amarga, y
dos Tarariras, ambas con señuelos.
Después de almorzar y descansar, afrontamos la pesca
de la tarde con la ayuda del bote de Carlos, el cual nos permitió remontar el
río y acceder a lugares cuya belleza es difícil de explicar. La pesca siguió en
el mismo nivel, predominando los Cabeza Amargas, pero con un segundo pejerrey
pescado con mosca por Carlos, en una forma que demuestra sus grandes habilidades
y conocimientos como pescador y atador.
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Segunda y última etapa.
Después de pernoctar acompañados de dos canoteros
que bajaban el Santa Lucía, disfrutando de una noche de verano espectacular,
comenzamos el domingo temprano en condiciones similares a las del sábado, pero
con menos respuesta por parte de los peces.
Recorrimos el río aguas abajo descubriendo
sorprendentes galerías dentro del monte, formadas por el agua en las crecidas.
Intentamos en distintos recodos y remansos, donde el denominador común era la
parsimoniosa presencia de sábalos, que ignoraban en forma absoluta nuestros
intentos.
La decisión unánime fue, entonces, remontar con el
bote y llegar al sitio donde habíamos estado la tarde anterior.
Aventura Tararira
Durante el trayecto pescamos únicamente Cabeza
Amargas, desde el gomón o apostados en correderas, pero una vez comenzado el
recorrido por la laguna que teníamos como objetivo, tuvimos las primeras
respuestas de las Tornasoles.
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Esteban, desde el bote, prendió una de tamaño respetable, con
un vinilo de color blanco. La acción liviana de su caña hizo que la captura
fuera excepcionalmente disfrutable, al tener que soltar línea ante los saltos y
corridas de la tararira.
La emoción y alegría brindada al grupo por este
ejemplar, fue el punto culminante de nuestra salida, demostrando por qué es la
reina de nuestros ríos y arroyos.
Conclusiones
Indudablemente, la convivencia en los términos que
la disfrutamos, es el mayor aliciente que nos anima a formar parte de un grupo
que se destaca por la pasión por la pesca, pero principalmente por su don de
gente y el respeto por los ámbitos que frecuenta. Satisfechos y cansados,
volvimos al campamento, donde además de compartir el almuerzo, disfrutamos
rememorando las innumerables vivencias y anécdotas divertidas de los últimos
dos días.
Por la tarde, de vuelta a nuestros hogares,
continuamos comentando la grata sorpresa por el descubrimiento de un lugar como
el visitado, donde se conjuga la belleza natural con la posibilidad de una pesca
abundante y variada, a tan pocos kilómetros de Montevideo.
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Lamentablemente, en nuestro país aún no somos concientes del valor que
representa la conservación de estos ámbitos, y seguimos limitando la misma a la
inaccesibilidad de los diferentes sectores que se encuentran en campos privados.
Quizá no reaccionemos a tiempo, y dentro de unos
años, sólo nos quede el recuerdo de la abundancia de especies que poblaban el
alto Santa Lucía, el país del Cabeza Amarga.
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